Prof. Enrique Pisani, creador de la Escuela del Movimiento: “Si no nos movemos estamos muertos”

Referente de la educación somática, Enrique Pisani habla en esta entrevista de cómo pensar el aprendizaje desde todo el cuerpo. Una apuesta a la exploración y la libertad.
 
Por Virginia Giacosa, Rosario3.com “Si quieres que algo muera, déjalo quieto”, dice una canción de Jorge Drexler. La frase es casi un mantra para aquellos que hacen de la educación somática una práctica diaria. Uno de los referentes que hizo germinar la educación por el movimiento es Enrique Pisani, que visita cada seis meses la ciudad para impartir una formación de docentes como monitores de Escuela de Movimiento organizada por la CTA Autónoma y que comenzó a venir a Rosario hace muchos años para trabajar en el estudio de Gabriela Morales. Trabaja con niños y también con adultos haciendo hincapié en el movimiento y la necesidad de lograr una mayor independencia para conectarse con uno mismo y también con otros.
 
Pisani es profesor de Educación Física –egresado del ISEF de Buenos Aires–, entrenador de vóley y creador de la Escuela del Movimiento. Desde hace años reparte su vida entre España y Bélgica llevando adelante una tarea que apunta a facilitar el desarrollo del sistema nervioso a través del movimiento.
 

Está descalzo y camina sin ningún tipo de apuro. Es difícil adivinar. Más si se lo ve sentado con la columna en una rectitud casi perfecta y los brazos extendidos hasta tocar con sus manos cada una de las rodillas. Sus palabras se acompañan, sin esfuerzo, por un movimiento flexible y a la vez sutil que va de la cabeza a los pies. Tan elástico como su manera de pensar. Y dice: “Si no nos movemos estamos muertos. Si es vida es movimiento”.

La imagen es la de un aula escolar en Italia. Pisani agita un pañuelo en una mano y al ver el movimiento las niñas y los niños se levantan de sus bancos y cambian de lugar. Corren sillas, corretean un poco, se oyen algunos ruidos pero al rato todos ya están sentados. Y si alguno aún no lo está es el compañero de al lado quien le dice (sin necesidad que el adulto intervenga): “¿Qué haces parado? Dale, sentáte. Mirá cómo está el pañuelo”. Claro, el pañuelo dejó de sacudirse y todos saben que es señal de estar en su sitio. Hubo alguna que otra disputa por los lugares, pero enseguida negociaron y cada uno ya tiene el suyo. La clase no es de educación física. Al lado de Pisani, el señor de los pañuelos, hay una maestra preparada para dar el contenido del día. ¿Se puede educar desde el movimiento? ¿Se puede pensar al aprendizaje con todo el cuerpo? Para Pisani no sólo se puede sino que es vital hacerlo. “La escuela a temprana edad no tiene conocimiento de la influencia del movimiento en el aprendizaje cognitivo. Por lo tanto las clases de movimiento, si es que las hay, están completamente separadas del programa pedagógico”, sostiene.

—¿Qué es la Escuela del Movimiento y cómo surge?

—Es una actividad motriz lúdica en la cual participan niños y niñas de 3 a 6 años de edad. Propongo una geografía que es diferente y opuesta a la geografía que se encuentra en la vida de todos los días. Hay altos y bajos, no hay peligro, hay elementos móviles y elementos fijos, duros y blandos. Una geografía que se hace de planos inclinados con gomas de bicicleta, con ruedas de camión, con escaleras donde los chicos tienen posibilidad de acceder. Hay tres aspectos: el primero es libre, uno los pone ahí y que hagan lo que quieran. Nace allá por los años 70 en el Club Ateneo de la Juventud en Buenos Aires que fue mi segunda casa. Comencé ahí a los 8 años, después fui jugador de vóley, luego entrenador y después subdirector de deportes. Cuando tomo ese cargo noto que el club tiene ciertos problemas de dinero porque los sponsors todavía no eran algo frecuente como ahora y los ingresos venían del usuario y había muchos gastos fijos pero siempre poca plata. Entonces nos reunimos con las autoridades y propuse pensar en llegar a una población que no estaba tocada, que eran los menores de 6 años. Y la pregunta fue: ¿Qué se podía hacer con niñas y niños de 6 años? Ahí decidí contactar a cuatro profesores del club que para mí tenían capacidad. Y cuando hablo de capacidad no hablo de conocimiento, sino de la relación que tenían con los chicos. Porque si al profesor de educación física le digo que trabaje con niños de 6 años, lo que tiene en la cabeza es el deporte pero cómo introducirlos antes de los 6 años. Ya venía investigando mucho a los franceses y de seguirlos pescaba cosas como que lo más importante en los chicos era la espontaneidad, la no atención y la no tarea. Entonces el desafío era cómo hacer cosas sin que sean una tarea. Es decir, no decirle que suban la escalera sino ponerles la escalera a ver que hacían. De eso se trataba.

¿Y funcionó?

—Cuando me fui a Europa dejé funcionando esa escuela que era de jornadas divididas en una hora de actividad en tierra y una hora en agua a través de natación con flotadores. Los niños tenían que hacer lo mismo en agua que en tierra. Entonces cuando esos chicos que pasaban tres años en la escuela de movimiento alcanzaban la categoría cadetes e iban a nadar aprendían en tres clases sin haber aprendido una brazada pero con una gestión en el agua que los demás niños desconocían por completo. El uso de los flotadores y los giros que daban en el agua los hacía nadar mejor que los nadadores.

—¿Cuánto hay de exploración y libertad en esta educación del movimiento?

—Si no le doy el espacio para que haga lo que se le cante no sé lo que el chico tiene. Esto tiene que ver con que el chico descubre con lo que tiene, porque si no tiene no descubre. Entonces con este colocar la escalera en determinados lugares, uno pasa por arriba, otro por abajo, otro salta. Y no es que soy el que tiene que decirles que ahora vamos a pasar por abajo o por arriba, cada uno pasa como se le da la gana. Y mirando a otros también se enseña. Porque entonces es el aprendizaje del opuesto o de la diferencia.

—Mencionas mucho la escalera. Y a veces suele ocurrir que cuando en una casa hay una escalera lo primero que se le dice al niño es: “No subas”.

—El problema de la escalera es un problema capital. Porque los niños hoy han perdido el cuadrante superior de la visión. Porque van para abajo o para adelante. Por la geografía de la ciudad. Por eso el chico de campo es distinto. Ya no se mira más para arriba pero en la escalera sí. Y el niño no puede levantar los ojos si no arma primero la columna. Porque si trabaja sobre la pelvis y la columna, el ojo acompaña. Pero esto está aumentado por el uso de la Tablet y el smartphone, que son cosas de todos los días. Pienso que tiene que haber un espacio para todo, sin negarle ni prohibirle ni la escalera ni los dispositivos tecnológicos. Entonces ahí el chico va a subir bien la escalera. Como símbolo de prudencia se le puede decir que no suba la escalera caminando, sino en cuatro patas, es decir, a un nivel medio. Ahí el movimiento es mucho más rico que caminando. Porque al caminar va a gestionar el equilibrio agarrándose y por lo tanto tiene poca sensación corporal.

—¿Cómo gestionar estas cosas en un aula? ¿Están pensadas estas pautas para los espacios escolares y no especialmente deportivos?

—Está pensado para todo el mundo. Esa experiencia la hice durante tres años en Italia donde me contrataron de una escuela porque había tratado al hijo de la directora de esa institución que había nacido prematuro. Entonces a ella le interesó que hiciera ese trabajo en la escuela. Era un lugar que estaba en una colina y que dependía del obispado. Había un geriátrico y a un kilómetro y medio una escuela. Entonces era una unidad entre los abuelos que hacían cosas para los nenes y los nenes que hacían muchas veces compañía para los abuelos. No tenían patio de recreo porque era en el medio del campo. Lo que tenían era animales. Los chicos convivían con gatos, conejos, cabras, caballos, era otra visión educativa. Pero estaba el aula que nada tenía que ver con eso. Y mi tarea era entrenar a las maestras. Yo organizaba la clase y ellas daban el contenido. Entonces yo daba algunas pautas como cambiar de banco. Y tenían que gestionar entre ellos el uso del espacio. Les decía que pasaran por abajo del pupitre. ¿Cómo? No lo podían creer. También en lugar de estar en filas estaban en semicírculo o juntaban todas las mesas y se sentaban en grupo alrededor. Y si la actividad era de grafismos también cambiábamos de mano para escribir. ¿Pero yo no puedo si no soy zurdo?, decían. Y salían cosas hermosas.

—¿Hay en la escuela del movimiento una apuesta por una enseñanza más plena y más creativa?

—Para enseñar creatividad hay que crear opciones porque si no hay opciones no hay elección y si no hay elección hay adiestramiento. La educación comprende adiestramiento, pero el adiestramiento no comprende la educación. Por lo tanto, los campos de geografía que propongo con la escuela de movimiento se hacen en el aula solo que la directora a veces me preguntaba si se podían hacer con menos ruido porque ella estaba recibiendo padres o supervisores y no sabía cómo explicar lo que pasaba en nuestra aula.

—Cuando se invoca la creatividad enseguida aparece la falta de presupuesto o de tiempo como imposibilidad. ¿Cómo lo ve?

—Es con lo que hay. El desafío es ver cómo haces algo distinto con lo que tenes. Sabemos que es más ruidoso, que genera desorden, pero que lo caótico también tiene una organización. En lo cognitivo hay que trabajar el movimiento. Un elemento fundamental es conocer la gran línea media del cuerpo que pasa de la cabeza por el centro del cuerpo a los pies. El escribir y el leer es la capacidad de cruzar la línea media y la capacidad de detectar cual es el ojo conductor. Para eso con las maestras se escribía algo en el pizarrón y se les pedía a los niños hacer un agujero con las dos manos, como el catalejo de un pirata. Después se les tapaba un ojo para seguir viendo con el otro. Y entonces detectábamos cual era el ojo que guiaba. Si es el ojo izquierdo el que guía, el niño mueve al escribir la cadera hacia la izquierda y hay que dejarlo y propiciarlo. Por eso usamos las esferas grandes de asiento o una toalla doblada debajo. Pero nunca decirle que se quede quieto.

—¿Y cómo incluir esto a nivel de los movimientos sociales y políticos?

—Que los movimientos sociales se expresen en movimientos sociales, políticos partidarios, culturales o sindicales reflejan el cuerpo. El movimiento no se juzga, se ve lo que hay. Trabajo con lo que hay y no con lo que falta. En los movimientos sociales y políticos se trabaja con lo que falta, por eso prometen lo que no hay. No se fijan en lo que hay. En el terreno de las expresiones grupales hay que ver con qué sistema del cuerpo están operando. Y en general cualquier tipo de reacción social es visceral. Por eso vuelve, las vísceras tienen energía lenta y de gran duración. Y si vamos a los fluidos es sangre arterial, se pueden interrumpir, pero siempre están ahí. Los proyectos sociales o políticos se arman a partir del cortical, pero siempre tienen que tener de lo visceral. El movimiento es parte de la emoción. No hay movimiento sin emoción. Por eso es movimiento auténtico. El asunto no es lo que nos pasa sino lo que hacemos con lo que nos pasa. Lo que nos pasa está ahí pero los que podemos cambiar de lugar soy yo. Muchas veces las reacciones son inteligentes, entendiendo la inteligencia como la capacidad de adaptación, yendo a un estado mejor. Muchas veces hay que perder para ganar. Se que estoy perdiendo pero no me siento derrotado. Pero si me peleo aunque gane hay conflicto de poder. Y en el conflicto de poder hay imposición y en la imposición no hay elección.

 
 

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