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#Tokio2020 La Selección reavivó al vóleibol argentino con una caricia al alma que ahora debe capitalizar

No sería preciso citar que el vóleibol argentino siente una medalla en sus manos. Pero sí es verídico dictaminar que el vóleibol argentino siente la gloria en sus manos. No se trata solamente de la cercanía de una medalla que se ha negado en Sydney 2000 o que se ha abrazado en Seúl 1988, se trata de sentir una caricia a un pueblo golpeado, con pandemia y 48% de inflación, del despertar de los fanáticos de una disciplina que es un milagro que solo sus obreros mantienen de pie.

Argentina es un país que vive dividido. Dentro y fuera del deporte. En la política y en lo social. También en lo económico. Pero si hay un momento en que el argentino está orgulloso de ser argentino, prácticamente sin divisiones, es en un Juego Olímpico. El argentino se despierta de madrugada para ver disciplinas que no mira nunca. Al argentino le late el corazón mirando a atletas de los que no sabe nada. Pero son de celeste y blanco. Es todo lo que el argentino necesita para estar ahí, enchufado, apoyando.

El debut olímpico ante Rusia dejó buenas sensaciones. Y la derrota, tan dura como una eliminación en manos de Brasil (el argentino traslada aquí toda esa rivalidad futbolera casi como si fueran Messi o Maradona los que son parte del septeto inicial), no hizo más que llamar la atención: jugando así, ¿por qué no confiar en que es posible? La victoria ante Francia fue la confirmación de que con Túnez no se podía perder y de que a Estados Unidos, jugando al nivel mostrado en los duelos previos, se le podía ganar.

UN DEPORTE POBRE, EN UN PAÍS POBRE. A poco de Marcelo Méndez ser anunciado como nuevo DT, los jugadores y jugadoras del seleccionado llamaron a una conferencia de prensa para trasladar su malestar con la dirigencia de la Federación del Vóleibol Argentino por deudas que incluían, entre otras cosas, pasajes y hoteles que habían pagado de su bolsillo para poder representar al país. No había espacio físico (se comparte con otros deportes) para llevar adelante el plan de trabajo que diseñó pensando en dos objetivos: Tokio 2020 y París 2024. Méndez debió recurrir a amistades para conseguir vendas, cintas médicas, agua potable para los entrenamientos, insumos básicos para que cualquier deportista pueda entrenar. Administrar pobreza no es fácil y esa es una culpa que no se le puede cargar ciento por ciento a los dirigentes del voley. ¿Pero se imaginan cuán bueno podría ser el vóleibol argentino si tan solo pudiera trabajar con lo básico y sin lidiar a cada segundo?

DOS CLAVES. Todos esos problemas son apenas un grano de arena en el sin fín de sucesos de cada mañana. Méndez sumó a ello un cambio de paradigma en el estilo de juego. Argentina acostumbraba a poner en juego el balón y rejugar cada pelota, ahora es un equipo agresivo que ataca cada opción. Y el sello es el hambre de gloria de una generación que lleva de 12 a 15 años vistiendo la camiseta de Argentina. De Cecco y Pereyra disputaron el Mundial Menor de Argelia en 2005. Conte, Solé, otros jugadores que en cada receso de Liga apenas ven a la familia y amigos, ellos vienen a entrenar en condiciones nefastas (son las que hay) para llevar bien alto a la camiseta de Argentina.

Estos condimentos hacen a la fuerza y a la garra del equipo. Esta Selección Argentina forjó la convicción de querer ganar y se ha demostrado en cancha que puede. Y en cada rincón del país, donde se juega con pelotas descoloridas, muchas veces con faltante de cuero que lastima las manos, este Juego Olímpico es una caricia al alma. Es una victoria del esfuerzo de cada personaje en todo este recorrido.

Hoy los grupos de whatsapp explotan. Las redes sociales hablan del retiro de Luis Scola (basquet), del triunfo de Las Leonas (hockey) y de que el vóleibol luchará por una medalla por tercera vez en su historia. Los medios han dedicado al vóleibol el tiempo que jamás en su historia.

Nadie sabe cómo terminará, pero es seguro que es una hermosa novela que nadie quiere que termine. Y eso dependerá del vóleibol argentino, que tiene delante suyo una enorme posibilidad: capitalizar esta exposición que no alcanza desde realizado el Mundial de Vóleibol en nuestro país, en el 2002. Si suma un metal precioso, claro, que no será de menos, por el contrario. Pero este equipo ya ganó: reavivó el sentimiento del vóleibol y acarició a un país falto de alegrías.

*Este artículo fue redactado a pedido de Volleyball.it, el sitio número del vóleibol mundial y de procedencia italiana. Fue portada durante la mañana argentina del miércoles 4 de agosto de 2021.

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