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Pablo Bernardi es marplatense, ayudó a Qatar a conseguir una medalla en Tokio y practicó el Ramadán

La Nación Junto a Mariano Baracetti, entrena a la representación de vóleibol de playa del país de Medio Oriente y propició el primer podio para un equipo árabe; ayunó para empatizar con sus jugadores.

Un día se encontró con una propuesta inesperada: trabajar en un lugar y una cultura que desconocía. Pero al tratarse del deporte que ama, el entusiasmo le ganó y él se atrevió a explorar. Es la historia de Pablo Bernardi, que junto a Mariano Baracetti lleva cuatro años como entrenador de beach voley en Qatar. En los Juegos Olímpicos Tokio 2020 ambos consiguieron la medalla de bronce, algo histórico para el deporte árabe en esa disciplina.

Es viernes a la tarde y Bernardi habla para LA NACION desde su hogar qatarí: “Hoy es como el sábado nuestro, el de Argentina. Acá se trabaja de domingo a jueves. Mariano y yo somos de hablar lo justo y necesario. Somos dos locos en Qatar que tratan de hacer bien su trabajo. La gente fabula cuando uno habla de Qatar. Acá no todo es plata. Es un país muy joven, que está en constante desarrollo”.

Todavía tiene fresco en su memoria el encuentro del jueves en el Palacio Real con el emir de Qatar, el jeque Tamim bin Hamad Al Thani. “Fue todo muy protocolar y muy limitado. Había muy poca gente; sólo los jugadores que habían ganado medallas. Dos doradas y nosotros, con la de bronce, que era la primera de un equipo. Nos saludó, nos hizo sentarnos y compartió 15 minutos. Yo lo saludé en inglés, pero habló todo en árabe. Cuando le dije que era de Argentina, noté que sonrió detrás del barbijo. Agradeció de manera personal a cada atleta y resaltó que el beach voley había pasado a las primeras planas en muy poco tiempo, que era la primera vez que un equipo árabe tenía una medalla olímpica y que estaba orgulloso del trabajo que se venía realizando. El emir Tamin bin Hamad Al Thani es una de las personas más poderosas del mundo y regaló 15 minutos a los deportistas que obtuvieron medallas en Tokio. Fue un gran aprendizaje”, cuenta Bernardi, todavía conmovido.

Baracetti no estuvo en ese encuentro histórico porque regresó por unos días a la Argentina: priorizó encontrarse con sus hijos después de nueve meses. “Estoy en un momento en que normalizo todo. Cuando hablo con mi familia y mi hermano me dicen que no me doy una idea de lo que significa todo esto. Llegamos 87os del mundo y hoy el equipo es número uno”, afirma.

LA PROPUESTA DE QATAR

“¿Te irías a Qatar?”. La pregunta pretendía una respuesta inmediata. Era el 14 de febrero de 2017 y Bernardi comía en una parrilla de Mar del Plata, su ciudad natal. Baracetti le mandó un mensaje y le dijo que quería hablar, que había una propuesta desde afuera. Qatar apostaba a ambos argentinos para la conducción del vóleibol de playa. “Yo estaba cenando con mi novia y ella vio que cambió mi cara. Mi cabeza ya estaba en otra cosa. Vivía en Madrid y entrenaba a jugadores profesionales de pádel. Mi idea era volver porque había armado algo lindo con muchos atletas. Le dije al Mono [Baracetti] que igual me interesaba escuchar la propuesta. Cuando me dijo que era de Qatar, me quedé helado porque tenía que abandonar Madrid”, dice.

“Cuando uno se va tan lejos, debe tener confianza plena con la persona con quien trabaja. Recuerdo que al otro día me levanté y Mariano me dijo que tenía que viajar a la semana. Tenemos una relación increíble. Siempre lo admiré como jugador. Pasamos juntos los primeros dos meses en un hotel acá, en Qatar, y empezamos a vincularnos mucho más. No te digo que hoy somos íntimos amigos, porque soy como él, muy cerrado en el tema de la amistad. Mis amigos son siempre los mismos. Pocos se sumaron”, detalla.

—¿Qué te sorprendió de vivir en Qatar?

—El primer impacto fue cómo estaba vestida la gente. Todos, con su túnica blanca, y las mujeres, con la túnica negra. El sonido del rezo también llama la atención. Son cinco veces al día en Ramadán, y cuatro ahora. El lujo sobresale demasiado; es muy normal andar entre Ferrari, Rolls-Royce y Lamborghini. Y también me sorprendió la seguridad, sea uno hombre o mujer, en cualquier lugar y a cualquier hora. Después de casi cinco años de estar acá, el desarrollo urbanístico impresiona.

EL PROYECTO Y LA AMBICIÓN DE ARMAR UN EQUIPO

Antes de la llegada de Bernardi y Baracetti, Qatar tenía un entrenador de Brasil con dos jugadores nacionalizados, también de Brasil. Y en la representación del vóleibol playero qatarí estaban también Cherif Younousse y Ahmed Tijan, que son los recientes medallistas olímpicos. “Nacieron en África pero son un proyecto real de Qatar. A los 16 años vinieron a vivir acá sin ser nadie y empezaron a desarrollarse como jugadores de vóleibol y de beach voley. Acá reclutan gente de diferentes clubes. Ahmed Tijan es uno de esos reclutados. Y lo resalto porque a veces se critica mucho a Qatar”.

—¿Por qué decís eso?

—A Qatar lo atacan porque compra todo. Todo el mundo que tiene poder, compra. [Alberto] Juantorena es cubano pero juega por Italia en voleibol y es comprado. Y Brasil, que tiene 210 millones de personas, compró a [Yoandry] Leal para ser campeón olímpico y le salió mal. En ese sentido, nuestro jugador Tijan es un proyecto de Qatar. Acá le pusieron entrenador, servicios médicos, nutricionistas. Dan la oportunidad, ponen todo lo que uno necesita para convertirse en profesional. Después, hay que demostrar si se está a la altura o no. Hay muchos que se quedan en el camino y no llegan al nivel que tiene Tijan.

RAMADÁN, MES SAGRADO DE ORACIÓN, REFLEXIÓN Y AYUNO

“Nosotros estábamos muy asustados porque con el Ramadán es muy difícil competir. Es un periodo de un mes para purificar el cuerpo y el alma. Quería ver de qué manera podía hacerlo yo. Necesitaba saber si el jugador puede estar preparado para competir haciendo el Ramadán, por eso lo hice. Y es una linda experiencia. No toman líquidos ni comen desde que sale el sol hasta que se pone. Vos pensá que el sol sale a las tres y media de la mañana en esos momentos y se queda hasta las seis de la tarde. Yo dije ‘tengo que vivir lo que ellos sienten energéticamente, porque nosotros vamos a jugar el año que viene en esa época y vamos a estar buscando la clasificación para los Juegos Olímpicos”, manifiesta Bernardi.

“Ellos comen, rezan y así llegan hasta la hora del entrenamiento. Cuando cortan el ayuno comen algo, pero no mucho porque si lo hacen no pueden moverse y el sistema digestivo trabaja con mucha sangre y uno se pone muy pesado. Están 14, 15 horas sin comer y si le meten mucha comida de golpe, liquidan el cuerpo. Yo veía cómo con el correr de las horas caía el pico de rendimiento”, cuenta.

—¿Qué enseñanza sacaste de todo eso?

—Que yo no pude hacerlo. Pasaron dos semanas y les dije a mis jugadores que podía estar sin comer pero que era imposible no tomar líquidos. Ellos no toman nada, no comen y se quedan quietos en sus casas. Duermen y descansan, no gastan energía ni en hablar, porque si no, van consumiéndose. La primera semana fue muy dura mientras lo hice. Y terminé la segunda y les dije: “Muchachos, no puedo seguir el ritmo de no tomar líquidos”. Perdí cinco kilos en tres semanas, me consumí.

—¿Qué te dijeron los jugadores?

—Les preguntaba todo el tiempo cómo lo hacían. Un día salió la charla, porque si nos tocaba jugar en esas fechas era muy difícil que ellos pudieran seguir el Ramadán. El islam habilita si uno es atleta profesional a no hacer el Ramadán. La charla salió porque yo veía que ellos bajaban el rendimiento.

—¿El Ramadán es lo primero por tener en cuenta en la planificación deportiva?

—Lo marcan ellos. No lo imponen mal, pero dicen que el mes de Ramadán es tal y que les gustaría hacerlo. Les dije que estaba perfecto. “Si hay competencia, ¿qué hacemos? ¿Importa la competencia o no?”. Nosotros aclaramos que es muy difícil durante el Ramadán competir. Hay muchos riesgos de lesiones, de que algo pase.

—¿Tuvieron alguna mala experiencia con algún jugador?

—Nosotros tuvimos la experiencia en Moscú. Nos agarró en la primera semana de junio. Salía el sol a las dos de la mañana y se ponía a las nueve y media de la noche. Antes de un torneo empezamos a entrenar y a Cherif Younousse le preguntamos si estaba bien. Tenía blancos los labios, caminaba y no estaba bien. A los 15 minutos cayó desmayado. No se puede estar 20 horas sin comer y tres o cuatro días sin tomar. En este deporte no tenemos recambio, no puedo sacar a un jugador cuando se siente mal. En el beach voley no existe esa posibilidad. Pero ellos siempre van contando cómo van sintiéndose. De cuerpo y alma se sienten muy bien y dicen que se purificaron.

Pablo Bernardi tiene en su escritorio los libros El elemento, de Ken Robinson, y ¿Por qué dormimos?, de Matthew Walker, que lo ayudan en su pasión de transmitir. “La mentalidad y el carácter son construidos todos los días. Ganar hace sentirse más seguro de uno mismo, de ser mejor técnicamente. Hace un año no éramos un equipo candidato real a ganar una medalla. Sin embargo, la pandemia nos permitió hacer cambios técnicos que eran difíciles de hacer durante la competencia. Una cosa es entrenarse y otra es competir todo el tiempo. Ese tiempo de pausa nos brindó esa posibilidad y el Mono y yo tuvimos la visión de que podíamos subir el nivel. Y los pibes salieron con más hambre”, explica el preparador.

LA VIDA EN QATAR

La voz de Bernardi se entrecorta cuando él menciona a su papá. “Lo perdí el año pasado por una enfermedad de m…, el cáncer. Me lo liquidó en 40 días. Gracias a Dios pude estar en Argentina, pero fue duro para mí. Estar metido en la vorágine y la diferencia horaria [seis horas] hacen que uno pierda ese día a día con sus familiares”, sostiene.

—¿Cómo es tu círculo social en Qatar?

—Tengo una relación increíble con el manager, el secretario y el presidente. También por eso se dan los resultados que se dan. Se habla, se discute. El año pasado tuve un cólico renal y la pasé mal. Me agarró en Francia y yo no sabía qué tenía. Y ellos estuvieron siempre al lado. Volví a Qatar y me atendieron y se ocuparon en todo momento. Ahí es cuando se ve a la gente; en los buenos momentos todos vienen y aplauden. Ahora, con la medalla, trato a un montón de gente nueva que se acerca y parece que me conociera de toda la vida. Tuve la suerte de conocer a chicos de fútbol que son argentinos y juegan acá desde hace muchos años. Ulises Pascua es uno; es de Moquehua [partido de Chivilcoy] y vive en Qatar desde hace 12 años.

En el comienzo Bernardi vivió mucho estrés con Baracetti, porque dependían de los resultados a raíz de un contrato que se renovaba cada tres meses. Después, cada seis, y finalmente, cada doce. “El primer año fue el más duro. Yo estaba en pareja y sufría por la otra persona. Uno está yendo y viniendo, está conociendo el mundo, hace lo que le gusta, y el otro está bancando. Esa parte es dura”, señala.

—¿Qué tan difícil fue la adaptación en ese primer año?

—Fue vivir en hoteles, armar y desarmar valijas. No teníamos casa, saltábamos de un lado al otro. No teníamos con quién hablar. Me pusieron en el camino a Ulises y empecé a tener un vínculo con él. Después se inauguró un club de pádel, un deporte que explotó y que juega mucha gente. Y entonces empecé a hacer vínculos con los pilotos de Qatar Airways, que son argentinos y españoles. Y empecé a conocer y a conocer”.

—¿Qué cosas de la cultura árabe copiaste en tu día a día?

—No copié el llegar tarde. Ellos siempre llegan tarde a una reunión. Pero siempre traté de adaptarme al lugar y respetar la cultura. Tuve la suerte de viajar bastante y soy respetuoso. En la dinámica de trabajo, el Mono y yo no cambiamos nuestra manera de ser, nuestro argentinidad, nuestros modismos, nuestras formas de hablar. Si bien tenemos que hablar y relacionarnos en inglés, muchas p… son en español y también les decimos a ellos muchas cosas en español. Ellos entienden todo y tratamos de no falsear ni forzar nada. Si es qatarí, voy a decírselo con todo el respeto del mundo, pero tengo que decírselo porque, si no, voy a sentirme incómodo, y eso no está bien.

—Cuando vivís en un país tan organizado y que tiene tanta infraestructura, ¿qué te pasa cuándo venís a la Argentina?

—Veo a mi hermano con su hija, que es mi sobrina. Me encuentro con mis otras dos ahijadas, que van creciendo muy rápidamente. Trato de compartir con mis amigos de toda la vida lo más que puedo. Pero me duele ver la falta de apoyo al deporte. Por ejemplo, durante mi gestión en Mar del Plata, una ciudad que tiene miles de kilómetros de arena, no logré tener una cancha de beach voley en un lugar fijo con facilidades para entrenar. Con los seleccionados nacionales siempre hubo que hacerlo en un balneario privado. Ojalá esta realidad cambie y podamos educar y transmitir valores a través del deporte. Estoy convencido de que ayudaría a muchísima gente.

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